divendres, 4 de novembre de 2016

¿Quieres saber a qué hora deben acostarse tus hijos hoy para que su cerebro esté descansado mañana?

La semana pasada compartí este post en el que explicaba la importancia del sueño para distintas funciones cerebrales, como la atención, la concentración y la memoria, así como para depurar las toxinas acumuladas durante el día fruto de la contaminación, los aditivos alimenticios, pesticidas e incluso por el propio estrés. Como os prometí, en este post os voy a ofrecer una gran ayuda para que el cerebro de vuestro pequeños obtenga todo el descanso que necesita.

Vivimos en una cultura en la que el sueño está infravalorado. Desde la llegada de la electricidad y los sucesivos “progresos” tecnológicos como la radio, la televisión o internet no hemos dejado de robar horas al sueño, haciendo que la mayoría de adultos duerman entre 6 y 7 horas al día, cuando deberían dormir entre 8 y 9. Esta tendencia del mundo adulto se ha ido trasladando al mundo de los niños y, en la mayoría de los hogares los niños duermen menos horas de las que su cerebro necesita. Un primer paso consiste en que los padres sean conscientes de las horas de sueño que sus hijos necesitan. Por eso voy a compartir esta tabla en la que se especifican las horas de sueño que deberían dormir los niños en función de su edad.

Como podéis ver, los requisitos de sueño para los niños son exigentes a todas las edades. Posiblemente vuestros hijos, sobre todo si son mayores de 3 años y han dejado de echar la siesta, no cumplan este régimen de sueño a rajatabla. Aunque el hecho de que el niño pierda media hora de sueño al día pueda parecer irrelevante, la realidad es que puede ser importante tanto a corto como a largo plazo. Si el niño tiene pequeñas dificultades de concentración, problemas de acomodación visual o simplemente malos hábitos alimenticios, la falta de sueño y su consecuente cansancio pueden precipitar dificultades atencionales más graves que pueden incluso confundirse con el temido Trastorno de Déficit de Atención. 
Además, el niño que no duerme lo suficiente, independientemente de su capacidad atencional, puede frustrarse antes, tener más rabietas y presentar mayor irritabilidad en casa. Aunque el impacto de la falta de sueño pueda ser mínimo en el presente, puede no serlo en el futuro; si este hábito de pérdida de sueño se perpetúa, y los padres no le dan la importancia que se merece, ese mismo niño llegará a ser un adolescente de dieciséis que esté durmiendo seis horas y media al día (unas dos horas menos de las que su cerebro necesita) y esto le provocará muchas dificultades de aprendizaje en su primer año de bachillerato, y mayor irritabilidad en una edad en la que ya de por sí resulta difícil mantener la calma. Como veis los hábitos de sueño que inculquéis hoy en vuestros hijos pueden tener consecuencias tanto en el presente como en el futuro.
Ya sé que muchos estaréis pensando que una cosa es la teoría y otra muy distinta la práctica. Así que para facilitaros todavía más las cosas he elaborado este cuadrante en el que podéis consultar la hora a la que vuestros hijos deberían estar aterrizando en la cama para en función de la hora a la que se levanten. Como veis he decidido poner el término “aproximadamente” para invitaros a no ser excesivamente rígidos aunque siempre sin perder la perspectiva general que os he querido transmitir en el post. En mi caso particular tengo tres hijos (de 3, 4 y 6 años de edad) y los tres se van a la cama a la vez; un poco tarde para la de 4 y un poco pronto para el de 6, aunque confío que a medida que se hagan mayores siempre se vayan a la cama relativamente pronto y respetemos unos buenos hábitos de higiene del sueño.
Seguramente a muchos de vosotros al leer la tabla os haya sorprendido lo pronto que deben acostarse los peques, pero recordad la importancia que tiene cada minuto de sueño en su desarrollo e higiene cerebral. Os animo a aprovechar el reciente cambio de hora para poder redirigir los hábitos de descanso de toda la familia. Seguro que os ayuda a despertaros todo el año más animados y a ver menos caras enfurruñadas cuando llega la tarde.
Por Álvaro Bilbao – Autor de El cerebro del niño explicado a los padres (Plataforma Editorial)

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